Gustavo (34) había logrado independizarse, si bien no era una independencia total porque compartía departamento con dos amigos, ya estaba de casa. A su juicio era un adulto. “Pero cambió todo de la nada”, recuerda. “Uno de mis amigos se puso a pololear y todo bien, pero al año decidió que quería irse a vivir con ella y nos dejó cojos. Mi otro roomie empezó con problemas después que lo echaran y no nos daban las platas. Ahí se rompió todo y dejamos el departamento. Yo me fui a vivir de nuevo con mis papás”.
“Al principio lo vi como una derrota tremenda, me desanimé caleta. Pero bueno, la vida sigue y ahí sigo yo. Viviendo con ellos. A veces nos peleamos, pero supongo que pasa en todas las familias”, añade.
De esas historias hay muchas. Personas independientes que ya no pudieron serlo más u otros que solo decidieron aplazar indeterminadamente su vuelo desde el hogar porque ¿para qué apurarse? Antes existía el síndrome llamado “Nido vacío” cuando los hijos se iban del hogar para formar uno nuevo, ahora eso evolucionó para formar el “Nido lleno”.
Carmina Gillmore, mediadora y académica del Instituto de Ciencias de la Familia de la Universidad de los Andes, explicó a The Clinic que se trata de algo que se ve con cada vez más frecuencia. “Hijos adultos que comienzan a trabajar, a tener sus ingresos, siguen en la comodidad de su casa con todos los beneficios que eso conlleva. Harto regaloneo y se demoran en dar el salto a la independencia. Incluso algunos empiezan a hacer familia, tienen hijos y siguen viviendo con los padres”.
“Me ha tocado trabajar con papás, ya en un ciclo vital maduro, que continúan manteniendo a sus hijos, nueras y nietos. Una responsabilidad de mucho compromiso, pero que mantienen en silencio y no lo comparten con nadie.También están los otros escenarios, en que los hijos adultos vuelven porque se quiebra el matrimonio, la pareja y proyecto familiar, por alguna enfermedad o conflicto financiero que no les posibilita la autonomía. Es difícil para esos hijos adultos retroceder, es duro en su autopercepción”, agrega.
Los problemas en el Nido Lleno
Gillmore afirma que como en toda convivencia, el error más común “es no explicitar las expectativas. Es decir, lo que se espera: cuánto tiempo se va a quedar, cómo se van a distribuir las tareas, idas al supermercado, algunos gastos, etc. Ahora, en vez de dos, serán tres”.
“Cuando las cosas importantes no se comunican, afectan las relaciones y en ello aparece mucha emocionalidad asociada a pensamientos sobre ‘lo que debería ser o no debería ser’. Padres instalados solos ya en su casa, acostumbrados a ciertas rutinas, esperan que su hijo adulto haga tal o cual cosa por ‘consideración’, pero no lo hace, ya que, como siempre digo, no existe la telepatía”, añade.
“Y al revés, el hijo también espera ciertas cosas, como que ‘los padres comprendan su situación’. Que lo apoyen, que lo ayuden. En ese tránsito, el acomodo puede ser difícil y más largo de lo esperado. Y es ahí cuando empiezan las evitaciones de los espacios en común, silencios de pasillo, etc, sólo por la espera de que el otro haga lo que yo creo que debe hacer. Y así no funciona. Los acuerdos de convivencia deben ser siempre para que todos se sientan cómodos, no uno no más“, recalca.
A juicio de la académica, “es vital que, si aceptan a ese hijo de nuevo en el hogar, los padres vuelven a lo que siempre hicieron: mostrarles las herramientas que tienen para que puedan ser capaces de vivir solos, independientes, sientan confianza en sí mismos, aún en las adversidades. Esa es la mejor herencia que se puede dejar”.
Fuente: The Clinic










