Edurne Pasaban, la primera mujer en completar los 14 ochomiles: “Si yo entonces hubiera tenido mi hijo, me hubieran considerado mala madre”

En mayo del 2010, Edurne Pasaban fue la primera mujer en llegar a la cumbre de los 14 “ochomiles“, los 14 puntos más altos que superan los 8.000 m de altura sobre el nivel del mar, repartidos entre las grandes cordilleras asiáticas del Himalaya y del Karakorum, situada en la frontera entre Pakistán, la India y China. Quienes se atreven a esta travesía, se arriesgan hipotermia, caer en precipicios, ser sepultados por avalanchas e incluso la muerte.

Su primer ochomil fue la montaña más alta del mundo, el Everest, aunque le costó cuatro intentos. Las cimas no se alcanza en un solo momento. Edurne consiguió los 14 ochomiles en nueve años y 26 expediciones.

El K2, la segunda montaña más alta del planeta y la más mortífera de los 14, le costó 24 horas de ascenso en condiciones climáticas de -36°. Al momento de subirlo, en el año 2004, de cada cinco personas que subían, bajaban con vida tres. En ese entonces, no había ninguna mujer viva que había podido subir a la cumbre. La aventura terminó en una larga y dolorosa recuperación en el hospital, y dos falanges de los dedos del pie amputados.

En el 2006, con 31 años, vivió una depresión que la sacó de las montañas. Estuvo internada en un hospital psiquiátrico, cuestionándose sus decisiones hasta el momento, pues vivía una vida poco estereotípica hasta el momento. Un año después volvió al Himalaya y recuperó la certeza de que esa era su pasión. En el 2010 se convirtió en la primera mujer en lograr la cumbre de las 14 montañas más altas de la Tierra, y la décimo primera persona en hacerlo.

Desde entonces, se ha dedicado a ser conferencista y consejera de equipos empresariales. Está en Chile para una conferencia de la fundación “Lo que de verdad importa”, que será este martes 12 de mayo en Espacio Riesco. Recién aterrizada en Santiago desde París y sin tiempo a que el cuerpo supere el jetlag, conversó con The Clinic sobre la vida después de escalar más de 115 mil metros y los desafíos que enfrentan aún las mujeres.

Eres la primera mujer en hacer los 14 ochomiles, ¿fue siempre ese el objetivo?

—Fue más de a poco. Yo empecé a hacer montaña joven porque me gustaba, porque creo que en aquella juventud encontraba otro camino diferente al de la juventud de ese entonces. Empecé a escalar, a tener contacto con la naturaleza, a tener contacto con gente que iba mucho al monte y empecé.

Pero cuando di el paso al Himalaya, en el año 98 con 24 años, yo no pensaba que mi propósito en la vida era hacer los 14 ochomiles. Fui haciendo montañas de 8000 m y cuando ya había hecho la octava, sí que me puse como propósito de terminar los 14 ochomiles.

Dijiste en una conferencia que aquellas mujeres que vinieron antes de ti no la tuvieron fácil, ¿te sientes identificada con la idea de ser un ejemplo a seguir para las alpinistas que vinieron después?

—Me siento afortunada de haber vivido en una época que se podía hacer eso, porque a ser el primero en algo no es fácil hoy en día. Aquellas pioneras sí fueron mis referentes. Igual la vida les hubiera dejado hacer los 14 ocho miles si no hubieran fallecido, porque por desgracia todas fallecieron en el camino intentándolo. Yo sí me siento referente para muchas mujeres. Esto en una parte es una carga y una satisfacción.

¿Sientes que hay un pensamiento que te motivaba cuando escalabas o es la adrenalina de estar haciendo lo que te apasiona?

—En parte es la adrenalina, de estar allí, el poner al límite tu cuerpo. Otra parte es una sensación de libertad. Yo vengo de una familia súper tradicional. Estudié ingeniería porque en mi casa había una empresa y había que ser ingenieros. Mi padre me ha controlado todo y aún con 52 años, me he comprado un coche hace dos meses, y la aprobación ha tenido que ser, no de mi marido y mía, que sería lo lógico, [sino] de mi padre. En la montaña era el único sitio que no me controlaban. Era el único sitio que hacía lo que yo quería y decidía por mí misma.

Ya pasaron 16 años desde que lo lograste, ¿cómo ha sido ese después?

—Ha sido difícil porque cuando en la vida te has propuesto hacer una cosa tan extrema como era escalar montañas y vivir de aquello… Si fueras otro deportista de cualquier otro deporte, el tenis, el fútbol, estabas identificado con un deportista de élite, pero nosotros no. Entonces, consigo vivir de un deporte tan minoritario como era el nuestro y tan difícil, y tener más de diez años dedicado a esto, en el momento que se termina, yo tenía miedo de cómo iba a ser el después.

Para mí la educación y el estudiar siempre fueron importantes, porque sabía que iba a llegar ese momento. Cuando terminaron los 14 ochomiles, empecé a reubicar un poco qué voy a hacer ahora. Vi que me gustaba el mundo de la empresa, me formé como coach ejecutivo y empecé a dar conferencias.

Es importante que encuentres algo que te apasione también. A mí esto que hago, que mañana voy a dar una charla con un montón de jóvenes, y hago muchas cosas de estas, me apasiona. Pero no te voy a mentir, la adrenalina de la montaña me falta.

¿Y qué qué rol juegan las montañas ahora? Que no estás haciendo ochomiles, pero me imagino que alguien con esa conexión a la montaña no puede desligarse de eso

—Yo creo que es imposible. De hecho, yo vivo en el Pirineo, rodeada de montañas. Es verdad, no hago ochomiles, ni cosas tan técnicas como entonces, pero siempre estoy en el monte. Yo tengo amigos que siguen escalando montañas en el Himalaya y estoy encima de esos proyectos. Me vengo aquí a Chile y me he venido con la equipación a ver si me subo El Plomo esta semana.

Hoy, más del 5% de la población mundial vive depresión, desde tu experiencia viviéndolo, ¿qué crees que es lo que falta en la sociedad con respecto a eso?

—Lo primero es dejar que esto sea un tabú, de hablarlo con naturalidad como una enfermedad más, las enfermedades mentales hay que hablarlas como si tú tienes un cáncer. Cuando a mí me ingresaron en un hospital psiquiátrico, mi madre iba a tomar café todos los días con sus amigas, y en aquella época mi madre dejó de hacerlo. Porque ella tenía vergüenza de decir que su hija estaba en un hospital psiquiátrico. Si yo hubiera tenido un cáncer mi madre iría a tomar café con sus amigas todos los días para que la apoyaran y la acompañaran en el sufrimiento.

Te estoy hablando del año 2006, y nadie hablaba de esto. Pero viendo la juventud que tenemos ahora lo tendríamos que tratar con mucha más naturalidad. Sobre todo, para que tú y yo, si tenemos un amigo, un hermano, una madre que sufre esto, sepamos identificar qué es lo que le pasa.

¿Y cómo cómo lidiaste en ese momento con el haber sido la alpinista increíble que eras y vivir con depresión?

—Todo el mundo me identificaba. Yo ya era un ícono en España, me había hecho el K2, era una persona con éxito, y a la gente no le entraba cómo podía caer en una depresión, cómo podía pensar en un suicidio. Lo que ocurre es que de fuera ves una cosa muy bonita, pero por dentro es otra realidad. Yo me comparaba con mis amigas. Ellas con 30 y pocos años habían hecho una carrera, estaban trabajando, tenían una familia, se habían casado, empezaban a tener hijos y yo veía que estaba muy fuera de todo aquello. Estaba muy alejada de lo que la sociedad le pide a una mujer. Eso yo no lo soportaba, me hacía millones de preguntas, pero no encontraba respuestas, ni camino para ir contra eso.

Esa imagen de lo que se espera de una mujer en los 30 y tantos, ¿crees que ha cambiado desde que lo viviste?

—Está igual. Escuchamos los mismos comentarios y las mismas cosas. Yo ahora que estoy aquí [en Chile], y tengo 52 años, mi madre todavía está preocupada por mi marido, la comida, cómo se van a arreglar. Y yo digo que tenéis que cambiar el chip.

Todavía vivimos en una sociedad que sí, la igualdad y todas estas cosas. Pero los jóvenes sois más conscientes. Y a mí el ser consciente me llevó a la depresión. Yo por eso cuento esta historia, para que vosotras no os lleve a esto. Para que hagáis vuestro camino. A ningún hombre le van a hacer este tipo de comentarios, y yo no soy feminista, pero quiero la igualdad de verdad.

¿Y tú sientes que en el mundo del alpinismo, algo ha cambiado para las mujeres?

—Poco. Hay más, pero como en todo. Hemos avanzado, pero los comentarios serían los mismos. A mis amigos no les juzgaron nunca. Y mis amigos que escalaban conmigo eran padres, tenían parejas y tenían niños en casa. Si yo entonces hubiera tenido mi hijo, cuando estaba escalando los 14 ochomiles, a mí me hubieran considerado mala madre. Y a ellos nunca los consideraron malos padres. Y no lo han sido.

¿Y hay algo que sientas que quieres hacer ahora, algo que te falte por hacer?

—Pero para mí ahora el propósito es poder divulgar mi historia y poder ayudar a muchos jóvenes. Justo ahora estaba en el hotel y me ha llamado un amigo que tiene una hija que compite en esquí, que está pasando un momento complicado, y me dice, “¿Te importa que te llame mi hija?”. Esto eso es lo más satisfactorio que te puede pasar, que alguien te llame para pedir que lo acompañes en este camino.

¿Te faltó tener a ese alguien a quien llamar en el camino?

—Sí, por eso si tú me preguntas cuál es tu propósito de vida, es este. El poder ser referente y acompañar a gente. Tengo una amiga que a su hija le han hecho bullying estos últimos 2 años. Y el otro día en el colegio les pidieron hacer un trabajo sobre la persona referente en su vida, y le pidió permiso a su madre para hacerlo sobre mí. Eso es muy brutal. O sea, ya está, con eso ya he cumplido toda mi vida.

Fuente The Clinic

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