“Cumbres Borrascosas”: La herejía romántica que toma partido y gana

“Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis” , escribe Dante a las puertas del infierno en La Divina Comedia . Una advertencia similar podría instalarse antes de esta reversión de la obra más reconocida de Emily Brontë , que llega a los cines este 14 de febrero . Abandonad la literalidad. En esta película no se encontrará intacta la arquitectura social de la obra maestra literaria ni su engranaje de resentimientos heredados. Se encontrará una creadora aparte. Y hay que saber disfrutarla como tal.

En “Cumbres Borrascosas” (con énfasis en las comillas, que no están ahí por mera cosa estética), los puristas tendrán que reajustar la lente. También aquellos que han entregado décadas a desentrañar la obra de la mayor de las Brontë y examinar las lesiones mentales de sus personajes. La premisa de la reversión de Emerald Fennell no dialoga con la crítica académica ni con las adaptaciones previas, sino con la adolescente que fue cuando leyó la novela por primera vez. Ella misma ha dicho que, en este proyecto, buscó evocar la sensación “primitiva” y “sensual” que obtuvo al leer la novela cuando tenía 14 años . Esa decisión, tan profundamente personal, instala de inmediato una distancia incómoda con el espectador adulto y serio.

No se trata de negar que la psicología de Heathcliff (esa que durante décadas ha sido analizada casi como caso clínico de trastorno antisocial) ocupa un lugar tan simbólico en la literatura anglosajona como el propio Mr. Hyde. Ese peso está ahí y ese linaje oscuro también. El punto es otro. Si esta versión no se asume como una suerte de spin off emocional y un fan service hacia quienes -con todos los peros de por medio- optaron por interpretar la relación entre Heathcliff y Cathy como amor, el riesgo es verla solo como una aberración; un reduccionismo de las capas filosóficas que hacen de Cumbres Borrascosas algo más que un romance tormentoso.

Porque, sí, es una versión reduccionista. Pero es ahí, precisamente, donde está el encanto de la recreación de Ferrell: quitarle la ambigüedad a la trama. En intervenir lo que en la novela permanece irresuelto, apenas sugerido, casi reprimido.

En el libro de Emily Brontë, el vínculo entre Catherine y Heathcliff es ferozmente emocional, pero básicamente contenido. Hay intensidad, hay posesión espiritual, hay declaraciones absolutas (“ De lo que sea que estén hechos nuestras almas, la suya y la mía son la misma” ), pero no hay una explicitación carnal clara. Se abrazan, se aferran, comparten arrebatos, pero el texto nunca convierte esa unión en sexualidad manifiesta. Aquí sí se cruzan los límites físicos. Hay adulterio y el vínculo deja de ser solo espiritual para volverse explícito. Eso, para muchos lectores devotos del texto original, puede sentirse como una herejía, porque parte del magnetismo de Cumbres Borrascosas reside precisamente en esa tensión . En que el deseo nunca se consuma del todo, en que la intensidad se sostiene en lo imposible.

También se prescinde de nombres que en la novela son piezas fundamentales a la hora de volver a Heathcliff más villano que héroe a los ojos del lector. Sin la existencia de nombres como Hareton ni Hindley, no hay generaciones enteras atrapadas en la cadena de rencor. En ese gesto es la gran diferencia, porque mucho del impacto y la incomodidad que la novela genera radica en que no ordena moralmente el caos. ¿ Cuánto es recelo? ¿Cuándo es crueldad gratuita? ¿Cuánto es puramente maldad? La película, en cambio, lo convierte en una tragedia romántica donde el sentimiento, aunque tóxico y destructivo, nunca se pone en duda. Y a su vez, justifica cualquier medio.

En la novela, la violencia avanza al ritmo del endurecimiento de Heathcliff. Se va cerrando, se va volviendo otro. Emily Brontë no lo protege ni lo explica demasiado. No lo traduzca en trauma digerible. Lo deja ser brutal. La película toma otro camino. Jacob Elordi lo encuadra desde la herida. Este Heathcliff no se define por la crueldad, sino por la cicatriz. Y como el guion de Emerald Fennell lo absuelve de varios de los pecados más imperdonables de su versión literaria, termina siendo comprensible incluso cuando roza lo moralmente incómodo. Porque todo, en esta lectura, está atravesado por el amor.

Es un Heathcliff que antes de arrancar deja ver sus grietas. Que verbaliza lo que siente. Que casi legitima sus impulsos en nombre de una pasión total. Por momentos, se acerca más a una versión gótica y atormentada de Fitzwilliam Darcy que al espectro vengativo que habita las páginas de Brontë. Y allí, la elección de Elordi, con sus casi dos metros de altura, es estratégica: Fennell no quiere un tratado sobre violencia estructural ni sobre resentimiento de clase. Quiere un romance épico, intenso, visualmente arrebatado.

Los guiños a la grandilocuencia de Lo que el viento se llevó (1939) están ahí, también la fusión que mezcla lo histórico y lo pop como en  María Antonieta  (2006) la fotografía que dramatiza el paisaje y convierte cada encuentro en evento. Es una estética sombría, sí, pero estilizada, consciente de su belleza.

En términos de guion, la película funciona con una precisión llamativa: no parece sobrarle una escena ni faltarle una transición. Hay una conciencia estructural clara, una sensación de que cada diálogo empuja el vínculo central hacia su clímax emocional sin dispersarse en subtramas innecesarias. Sin embargo, es difícil no percibir, por momentos, cierta rigidez en la inclusión literal de fragmentos del texto de Emily Brontë.  Algunas líneas, trasladadas casi intactas, suenan menos orgánicas en boca de los personajes y más conscientes de su origen canónico. Pero, al mismo tiempo, dicha fidelidad parece responder al intento de guardar palabras que, muchos años antes, hicieron vibrar a una lectora adolescente. Y aunque esa decisión pueda tensar la fluidez, también revela el impulso emocional que dio origen a esta versión. Grabar el sentimiento.

Un casting pensado con precisión.

En la novela, Catherine y Heathcliff no son adultos preferidos ni criaturas talladas por años de experiencia. Ella muere con apenas 18 años y el vínculo se forja cuando ambos rondan los 15 o 16. Son casi niños jugando a ser eternos, criaturas salvajes en formación y desde ahí parte el mito.

Por eso, aunque el casting de Margot Robbie (35) y Jacob Elordi ( 28) fue juzgado desde el primer anuncio por la evidente diferencia de edades, la elección tiene una lógica que va más allá de la cronología. Si esta versión decide ser una tragedia romántica de principio a fin, necesita cuerpos que sostengan ese imaginario. Necesita presencia e iconografía como lenguaje cinematográfico heredado de los años dorados de Hollywood, ese en el mito se construyó, también, desde el rostro y nombre.

Es difícil imaginar una Catherine que funcione en esta clave sin un magnetismo absoluto. Una cuya presencia no ancle la historia en la crudeza, sino en la fantasía romántica que la película decide abrazar. Y Margot Robbie tiene aquello. Desde El lobo de Wall Street (2013), su presencia en pantalla fue leída como la irrupción de una belleza clásica, de esas que remiten a Grace Kelly o Katharine Hepburn . Elegante, luminosa, con una cualidad atemporal que parece sobrevivir a la moda. Con Barbie (2023), no solo protagonizó uno de los fenómenos culturales más grandes de la década, sino que quedó inscrita en algo más grande que una película. Barbenheimer fue un momento histórico de taquilla y conversación global, y Robbie hoy no es actriz solista, es icono. Y esta Catherine necesita eso. Necesita ser mito antes de siquiera abrir la boca.

Jacob Elordi, por su parte, tampoco llega desde la periferia. Viene de protagonizar Frankenstein bajo la dirección de Guillermo del Toro, un proyecto que lo posicionó como actor de peso en el circuito de premios y lo llevó a ser nominado como Mejor Actor de Reparto en los Óscar. Además, su asociación con fenómenos contemporáneos como Euphoria (que, muy estratégicamente, estrena su tercera temporada este año) ya lo había convertido en símbolo generacional. Evoca el magnetismo de galanes clásicos como Clark Gable o el animalismo joven de Marlon Brando , pero reconfigurado para una audiencia que consume deseo a través de pantallas y algoritmos.

Ahora bien, no se puede desconocer que la polémica no fue solo por la edad.

En la novela de Emily Brontë, Heathcliff es descrito como un  “gitano de piel oscura” (moreno de aspecto gitano). Es un niño encontrado en Liverpool, de origen incierto, racializado, señalado constantemente como “otro”. No es simplemente un inglés pálido atormentado. Es un cuerpo extraño en la Inglaterra rural del siglo XIX. Por eso, cuando se anunció que Elordi, blanco, australiano, de rasgos clásicos europeos, interpretaría al personaje, hubo críticas que apuntaban a una suerte de blanqueamiento. A la pérdida de esa dimensión racial que en la novela funciona como motor de exclusión y resentimiento.

Y aquí es donde la lectura de esta producción exige el mismo ajuste de lente del que ya hablábamos en un comienzo. Esta no es una adaptación interesada en desplegar la dimensión colonial ni la tensión racial como eje político. No pretendo subrayar la extranjería de Heathcliff como crítica social. Lo que hace es reimaginarlo desde la subjetividad de una directora blanca, criada en una tradición cultural específica, que leyó la novela a los 14 años y la absorbió desde su propio imaginario. Eso no elimina el debate, pero lo recontextualiza.

Y es que, si esta reversión se asume como obra autónoma, como interpretación emocional más que como explicación histórica, el Heathcliff de Elordi deja de ser intento de reemplazo literal y pasa a ser proyección. Es el Heathcliff que habitó la imaginación de Fennell adolescente, la fantasía romántica trasladada al cine, no la reconstrucción sociológica del siglo XIX. ¿Se pierde algo en ese desplazamiento? Sí y se diluye una capa importante del texto original. Pero también se gana claridad en el código que está película decide usar.

Si Fennell estaba construyendo un romance épico, necesitaba dos figuras que el imaginario colectivo ya asociara con deseo, con belleza, con espectáculo. Dos estrellas en el timing exacto de sus carreras. Robbie acaba de salir del fenómeno que redefinió la conversación cultural sobre el cine comercial. Elordi consolidado como protagonista de una nueva generación. Y, como si fuera poco, la inclusión del joven actor Owen Cooper , de la aclamada serie Adolescent , multipremiada y celebrada por la crítica, suma una capa extra de legitimidad contemporánea.

La entrada de Charli XCX como creadora de la banda sonora, en tanto, es la guinda calculada de una torta que Emerald Fennell diseñó sabiendo exactamente el fenómeno cultural que quería hornear. La británica de 33 años viene de convertirse en la mujer símbolo del  brat summer , un período en el que su álbum Brat (2024) no solo dominó las listas mundiales, sino que generó estética, lenguaje, identidad digital. Ella misma ha hablado sobre cómo tardó años en sentirse una “estrella pop” , pese a tener éxitos desde principios de la década de 2010.

Con  Brat , sin embargo, consolido esos estados. Y que un artista en ese momento de consagración firme la música de  “Cumbres Borrascosas” reconfigura, también, la propuesta. Durante la película, la banda sonora es utilizada con respeto, sin convertir el drama en sátira.

Uno no sale del cine sintiendo que fue sobreestimulado por la música, tampoco hay sensación de videoclip incrustado. No hay escenas que parezcan diseñadas para vender un single . La banda sonora está medida y dosificada, aparece cuando tiene que aparecer y desaparece cuando la imagen necesita respirar sola.

El sueño adolescente

En el fondo, estas Cumbres Borrascosas es exactamente lo que parece: la fantasía llevada a su máxima escala. Es como si alguien hubiera tomado una novela de Wattpad construida a partir de todos los “qué hubiera pasado si” que lectoras de distintas generaciones imaginaron al terminar el libro (¿Y si Catherine no dudara? ¿Y si el amor se consumara? ¿Y si Heathcliff fuera herido y no monstruo? ¿Y si el deseo no se reprimiera?) y la hubiera producido con presupuesto de estudio, una directora ganadora del Oscar, dos estrellas en su punto más alto y una popstar en plena consagración cultural.

Es el sueño hecho adolescente industria, pero ejecutado con inteligencia. Tomas una historia que siempre te incomodó por cómo terminó, eliges a dos actores cuya sola presencia ya construye mito, les das un guion hecho a tu medida, interviniendo lo justo del texto original para que siga reconociéndose, y sumas a una de los artistas más influyentes del momento para que lo envuelva todo en pulsación contemporánea. Eso es lo que hizo Emerald Fennell. Y lo hizo sin pedir permiso.

Fuente: CNN Chile

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