Celeste, 22: Una bolsa de carbón
“Tenía alrededor de siete años cuando pasó. Uno de mis tíos me entregó un regalo envuelto con un papel de mi princesa Disney favorita. Yo era una niña que amaba la Navidad con una intensidad casi religiosa: veía todas las películas navideñas, esperaba el árbol, las luces, el Viejo Pascuero. Abrí el paquete con una ilusión absoluta. Adentro había un carbón.
Puede sonar exagerado, pero para mí fue devastador. A esa edad, recibir carbón no era una broma: Significaba que habías sido mala, que eras, literalmente, la peor persona del mundo. No había entendido que se trataba de un chiste. Recuerdo la vergüenza, la confusión y una sensación muy temprana de culpa que no sabía bien de dónde venía.
Después vino la aclaración. Mi tío se rió, explicó la broma y me pasó mis regalos reales. Estaban ahí, intactos, y todo volvió, en teoría, a la normalidad.
Desde entonces, mi relación con la Navidad cambió. En mi familia siempre abrimos los regalos la mañana del 25, y durante varios años, hasta que dejé de creer en el Viejo Pascuero, me despertaba antes que todos. No para abrir regalos, sino para mover los míos, tomarlos, agitarlos con cuidado y asegurarme de que no sonaran a carbón.
Con los años, el recuerdo perdió su peso trágico y se transformó en anécdota. Pero todavía me sorprende pensar cómo algo tan pequeño puede instalarse tan hondo. La Navidad siguió siendo una fecha que amo, pero desde entonces siempre tuvo ese sabor extraño”.
Fernanda, 23: Una ruleta de shots de tequila para alguien que quería dejar el alcohol
“Decidimos hacer un amigo secreto robado con mi familia. Yo al principio me había quedado con un set de tazas que me encantó. Pero, por la dinámica del juego, me lo robaron y en vez de eso, me llegó una ruleta de shots de tequila”, cuenta la joven.
El problema fue que, Fernanda justo había decidido que “no iba a tomar en todo el año”, relata. Una decisión que ella misma contó al principio de la reunión, y de la cual sus familiares se alegraron.
Pero, cuando abrió el último paquete que quedaba y justo era un juego para tomar, “todos se quedaron callados, fue muy incómodo”, cuenta. Además, todos estaban tan felices con sus regalos, que nadie quiso cambiárselo.
Andrea, 24: Un regalo reciclado
“Mi cumpleaños es en diciembre, y me había llegado unos días antes un marco de regalo de cumpleaños”, relata. Se le olvidó que tenía un amigo secreto navideño con sus amigas, “entonces agarré el marco no más, porque ya estaba envuelto”, cuenta.
El problema, fue que a la joven se le olvidó quién le había regalado el marco de fotos. Cuando su amiga secreta lo abrió, otra de las amigas gritó: “¡Andrea, pero si yo te regalé ese marco!”.
Al principio trató de negarlo, pero ya era muy tarde, la habían pillado.
Javier, 25: El regalo del jefe
Le tocó de amigo secreto a su jefe. Le regaló un libro, hasta ahí todo bien. Pero, le llamó la atención que no viniera en un envoltorio de plástico.
“Venía totalmente usado, se notaba viejo”, cuenta. En su interior, incluso tenía notas y textos subrayados. Javier relata que la bolsa de regalo tampoco tenía la marca de ninguna librería, sino que era de esos clásicos envoltorios navideños que venden en los supermercados y ferias.
—Entonces, ¿lo único que compró fue la bolsa? “Y si es que”, comenta. “Ese libro ni siquiera me lo llevé para mi casa. Lo dejé en la oficina, sigue ahí”, confiesa.

Andrés, 31 años: Un llavero-pipa de marihuana usado
“Fue al final del primer año de universidad. Con un grupo grande de amigos —o eso creíamos entonces— acordamos juntarnos para hacer un amigo secreto. La tarde pintaba bien: un amigo con piscina puso la casa y entre todos juntamos plata para cocinar completos y comprar cerveza.
Con el tiempo me di cuenta de que era un grupo poco orgánico. Hoy, en rigor, solo sigo viendo a dos de ellos. Entre la mayoría no había tanto conocimiento mutuo. Yo, por ejemplo, llevé un pareo o unas joyas de fantasía. No fue el mejor regalo del mundo, pero estaba pensado para la persona que lo iba a recibir.
Lo realmente chistoso fue lo que me tocó a mí. Una compañera sacó un llaverito metálico, de esos que se encuentran en ferias artesanales. No entendí mucho el sentido del regalo. ‘Míralo bien’, me dijo.
Cuando lo observé con más atención, noté que tenía una ranura atornillable. El llavero, en realidad, se transformaba en una pequeña pipa para fumar marihuana. El problema fue que, al intentar armarlo, cayeron un par de cenizas y salió un olor fuerte a pito.
El regalo estaba usado, sin envolver, y yo ni siquiera fumaba marihuana. No me molestó: me dio risa. Hoy lo recuerdo como una buena anécdota para contar”.
Fuente: The Clinic











